Salomé en Colombia ¿celebramos o lloramos?

Por fin se hizo Salomé en Bogotá, pasaron 111 años para que esto sucediera, la Filarmónica de Bogotá apostó al reto de tres funciones de esta obra maestra pos-romántica alemana. Sin embargo, tengo la duda si este estreno es algo que deba poner contento o triste al país. Curiosamente, el comentario inmediato que muchos damos es un potente “¡por fin se hizo!” o un quejumbroso “como siempre a este país (y a buena parte del continente) todo llega tarde.” Yo coincido con ambos enunciados, pero entonces me asalta la pregunta muy complicada de resolver ¿porqué tuvimos que esperar tanto a que esto pasara?

No estoy muy informado sobre aquellos que tuvieron la iniciativa para que esta obra de Strauss llegara al país. Supongo empezó con gente de la dirección de la orquesta y poco a poco, como una bola de nieve, fue colectando creyentes. Quizá el director invitado propuso, y por ser extranjero le creyeron, y le siguieron la corriente. Quizá alguien un día se pegó un tiestazo en la cabeza y sobándose el chichón dijo “¡hagamos Salomé con la Filarmónica de Bogotá!” Y voilá, moviendo cielo y tierra lo hizo pasar. No creo que sea el primer movimiento audaz de Sandra Meluk en su papel de nueva directora, está muy temprano para iniciativas tan grandes. Eso sí, tiene ahora un reto grande para seguir, aunque después de todo lo que hizo en sus varios años en la dirección del Teatro Julio Mario Santodomingo, ya sabemos que lo hará con altura. Claro está, la filarmónica no tiene el presupuesto heredado del difunto magnate de las comunicaciones, otro reto para ella. ¿El resultado artístico? Bueno, no lo puedo ver desde acá, pero cruzo los dedos para que todo sea muy bueno, como un fan enamorado aplaudiría para que el elenco salga hasta cinco veces. Espero los más añejos miembros de la orquesta se animen y hagan un buen papel. Suenan bien cuando quieren y sobre todo cuando les gusta lo que están tocando. En fin, me gustaría saber de los autores intelectuales de esta hazaña y celebrar con ellos,  porque es un gran reto tanto económico como artístico que lograron consolidar, nos dieron un motivo, un poco tardío eso sí, para disfrutar y celebrar.

Pero echemos para atrás, y vamos de nuevo la pregunta ¿porqué tuvimos que esperar 111 años a que esto pasara? Pensando en las orquestas sabemos que buen presupuesto nunca tiene. Partamos de ahí, es triste comparar sus sueldos con los de las orquestas de afuera. Aún más triste “la ayuda pa’ los buses” que les dan a los supernumerarios (ja! recuerdo que la Filarmónica me quedó debiendo una semana porque no quise pagar un mes completo salud por una semana de trabajo, esa platica se perdió). Asimismo, el presupuesto para rentar partituras recientes es bajo y entonces por muchos años siempre escuchamos los clásicos que son dominio público, y las cabezas blancas en el público siempre aprobaron, y todos aplaudimos la canonización de los canonizados. Hay excepciones, claro está. Algunas veces  se toca algo de alguno vivo y algunos pocos celebramos. Hasta cuando me fui del país, la Sinfónica Nacional lo hacía más, recuerdo Harmonielehre de Adams con mucha emoción, y Ainadamar de Golijov con menos entusiasmo (era más un musical serio que una ópera). Parece que otrora la Filarmónica de Bogotá lo hacía más, siempre escuché sobre las interpretaciones de la Cantata para América Mágica de Ginastera y Turangalila (¡con el teclista de Radiohead!), como eventos fantásticos y casi míticos. Ahora me suenan a historias asombrosas que la verdad no sé si pasaron o se las inventaban mis compañeros del conservatorio. Una pequeña muestra de la realidad en la tierra del realismo mágico.

Un punto a llamar la atención es la ausencia del compositor en residencia en las orquestas colombianas. Esa esa una figura clave en la presión artística que se pudiera hacer para aumentar la cantidad de obras post 1950 que tanta falta hacen. No nos digamos mentiras, ya en el país hay compositores renombrados, con carreras activas adentro y afuera que servirían de buenos consejeros. Por años hemos tenido que lidiar con el gusto musical del señor con la batuta (casi siempre un “romántico empedernido”), y de la señora administrativa todopoderosa detrás del escritorio cuyas ideas son principalmente ponerle títulos “llamativos” a los conciertos para atraer al públic­o – ¿De verdad creen que porque el concierto se llama algo como “Con B de Beethoven, Berlioz y Brahms” va a ir más gente? Las orquestas y sus cabezas deberían usar una que otra palabra de consejo artístico de gente como Gustavo Parra, José Antonio Cuéllar, Guillermo Gaviria, Harold Vásquez, Blas Emilio Atehortúa, Andrés Posada, Rodolfo Acosta, y muchos otros que se me escapan. Créanles, esta gente es la que ha formado a los tantos otros que estamos afuera donde si nos creen y tocan nuestra música. Algo bueno tendrán para decir ¿no creen? Aquí es que le van entrando a uno el desespero y la ganas de llorar.

Una pregunta con respuesta triste ¿Cuándo fue la última vez que alguna de nuestras orquestas encargó una obra? Salomé mueve gente, pero ¿qué pasa si encargaran una opera nueva de algún compositor local? No tiene que ser una gigantesca pieza como la de Strauss, un par de operas cortas funcionarían ¿no será que ese pomposo orgullo tricolor colombiano quizá se motiva a ir para ver que es lo que hacen los coterráneos? Una ópera sobre algo local, algo histórico, algo más reciente y relevante que la obsesión de Salomé por la cabeza de Juan Bautista; historias para hacer sobran. Pero no, “Salomé es el canon y es lo que la gente quiere ver, tenemos que hacer esa” – dice el/la tipo/a del chichón sobándose la cabeza y convenciendo a los otros. Aquí es que a uno le dan ganas de llorar.

Los que pueden por favor vayan, apoyen y disfruten Strauss. Estén pendientes de la danza de los siete velos y me cuentan como le va a la cantante. A lo mejor si el teatro se llena, después no nos toca esperar otros ciento y pico de años por Wozzeck, Lady Macbeth, alguna de Philip Glass o de Henze, y tantas otras que suenan a utopía.

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